diumenge, d’octubre 26, 2008

Obama, a un paso de la historia


Barack Obama lo tiene todo de cara para hacer historia dentro de unos días. Pero quienes dan por supuesta su victoria deberían moderar su entusiasmo, porque el paso que queda por hacer es de una enormidad aplastante. Y además, más allá del simbolismo evidente, y hasta del acto de justicia, lo que necesitamos ahora es un presidente americano que, negro o blanco, tenga la fuerza para sacar al mundo del berenjenal en que se encuentra metido.

Obama manda en las encuestas, de cuyo liderazgo apenas se ha apeado, y ha recibido ya los placemenes de medio orbe. Pero no crean que los elogios europeos por anticipado, o que pidan el voto para él los principales periódicos americanos, le hacen mucho bien electoral. Estados Unidos será la primera potencia mundial, pero sus habitantes son muy suyos. No entenderlo es un error frecuente que cometemos el resto de mortales. Analizar unas elecciones americanas con ojos europeos significa que si la acertamos, será por carámbola.

Sin embargo, hay algunos indicios que apuntan a un deseo de cambio en la sociedad americana lo suficientemente fuerte como para vencer un tabú racial muy arraigado. Cuando Obama era un precandidato semidesconocido, a sus mítines casi no asistían personas de raza negra. Los oyentes mayoritariamente blancos no acudían por el color de la piel del candidato, sino posiblemente a pesar de ello.

La auténtica razón era la misma en la que se estrellaron todas las campañas sobre la inexperiencia de Obama. La cosa deberá confirmarse en las urnas, naturalmente, pero el fracaso de tales estrategias insinua con bastante claridad que al electorado americano no le disgusta un candidato que no tenga nada que ver, o la mínima relación posible, con un establishment político que ha llevado su país a la ruina, amén de embarcarlo en una guerra de la que no sabe como salirse y en un desprestigio internacional sin parangón.

Pero la medida del cambio que puede operarse en Estados Unidos es el elevado número de inscripciones para votar. Como es bien conocido, en ese país no existe un censo electoral en el que estén inscritos “de oficio” todos los ciudadanos susceptibles de ejercer ese derecho. Y muchos no se inscriben para evitarse molestias como ser designados miembros de un jurado, ya que el sorteo para dicha función cívica se realiza entre los listados de votantes. Es decir, que quien se apunta no es por si acaso, sino realmente para votar. Y por eso puede predecirse que la participación va a ser altísima. Y recordar que los grandes cambios se producen casi siempre con participaciones elevadas.

Obama no lo puede tener más fácil. Su órdago al racismo americano tiene visos de éxito por llegar tras uno de los peores gobiernos de la historia americana, tan quemado que a ninguno de sus miembros se le ocurrió, ni siquiera por error, postularse para la presidencia. John McCain es, sin duda alguna, lo mejor que podía pasarle al Partido Republicano, pese a sus errores de campaña y a su menor carisma, aunque sus perspectivas no son excesivamente halagüeñas. Pero al aspirante demócrata le queda lo más difícil: convertir en realidad una elevada expectativa. Porque Obama lo tiene todo de cara, sí, pero experiencias como la reelección de Bush en 2004, cuando ya no engañaba a nadie, nos dicen que en ese país, para lo bueno y para lo malo, cualquier cosa es posible. La capacidad de movilización de los sectores más conservadores de la sociedad americana no debería ser despreciada en absoluto.

Sin embargo, no se trata sólo de eso. Se puede entrar en la historia de muchas formas. A fin de cuentas hasta el actual presidente americano va a tener su rinconcito en ella. Otra cosa es la valoración que se le reservará, claro. Obama acaricia la presidencia americana en un momento especialmente difícil, pero ideal para el triunfo electoral de alguien con su discurso. La política americana se mueve en ciclos que alternan la exaltación del patriotismo y la política exterior con el retorno a la economía y la política interna, esa que, mal traducida del inglés, adjetivamos como doméstica. Como sucedió cuando Bill Clinton derrotó a Bush padre, sin ir más lejos.

Es más, quienes no somos norteamericanos no deberíamos olvidar que nada de lo que ocurra en este primer martes tras el primer lunes de noviembre, nos es indiferente. Como en tantas otras ocasiones, la actual gripe mundial comenzó con un resfriado en Estados Unidos. Dado lo que nos jugamos, y dado que no podemos participar en la toma de esa decisión, al menos hay que pedir a quienes sí pueden que lo hagan de la mejor forma posible. No vamos a recomendar el voto, claro. Si no lo hemos hecho con nuestros propios comicios abiertos, donde sí podemos votar...

Pero como mínimo nos gustaría confiar en que los electores norteamericanos transmitirán un mensaje muy claro a quien sea que decidan convertir en su presidente. Es ese mensaje tan sencillo de que ciertas cosas no deben repetirse.

1 comentari:

Jordi Bru ha dit...

Per sort o per desgràcia, Toni, encara hi ha molta gent a qui no li importen les eleccions americanes. Ens hi juguem molt tots plegats, en el que passi el proper 4 de novembre!!!

Enhorabona per l'escrit. Fantàstic!!!