divendres, de setembre 14, 2007

Curso con exámenes en marzo (1)

Arranca un curso político que, por usar el tópico, estará marcado por las elecciones generales de marzo próximo. Sería redundante decir que vamos a desayunar, comer y cenar elecciones hasta entonces, dado que la legislatura que está finalizando ha sido una campaña permanente. Veremos no si estos cuatro años influyen en la abstención, sino hasta dónde llega ésta. Y contentos podremos estar si se producen determinadas catarsis que permitan mirar al futuro de una vez.

Las principales fuerzas políticas llegan muy justas de carburante a la convocatoria electoral. El Gobierno y el PSOE han demostrado que pueden sacar adelante leyes de innegable trascendencia, pero también que sólo se sienten cómodos en temas que hacen bonito. Únicamente la veteranía de ministros como Rubalcaba o Solbes ha permitido a Zapatero aguantar los peores chaparrones.

El PP, por su parte, podría exclamar aquello tan castizo de cómo nos tenemos que ver. El partido que iba a comérselo todo (y que debe comérselo todo, ya que sin mayoría absoluta lo puede tener crudo) debe organizar a toda prisa la proclamación de su candidato. Por si las moscas, se entiende, dado que hasta el abuelo pone en duda a Rajoy.

CiU, tercera fuerza en el Congreso de los Diputados, no anda lo que se dice muy bien coordinada. Al parecer, eso de estar lejos del poder nubla el criterio de algunos. Pero es erróneo atribuir los problemas de la federación nacionalista únicamente a la ambición personal de Duran Lleida. En esa casa, quien más quien menos suspira por volver al poder de la forma que sea.

De ERC, cuarto grupo en el Congreso, poco más se puede decir que probablemente pagará en las urnas su actual guirigay interno. Su resultado de hace cuatro años ya se infló por encima de todas las expectativas, como reacción de una parte del electorado al linchamiento a Carod Rovira por el asunto de Perpiñán. Se habla mucho de los votos que han perdido otros partidos en Catalunya, pero no se recuerda tanto que los republicanos se han llevado repetidos disgustos en las urnas. Sin embargo, no se sabe nunca: la fábrica de independentistas radicada en Madrid lleva tiempo funcionando a pleno rendimiento.

Lo de Izquierda Unida es difícil de clasificar. La posibilidad de convertirse en fuerza extraparlamentaria no es despreciable, pero posiblemente saldrán adelante por tradición o por voto de simpatía. Sin olvidar la “aportación” de ICV, que hoy por hoy tiene un tirón electoral prácticamente equivalente al de IU pese a presentarse sólo en Catalunya.

El nacionalismo tradicional del PNV y el oportunista de Coalición Canaria seguirán ahi, escaño más, escaño menos. Pero como no puede descartarse un resultado muy reñido, puede que tengan protagonismo a la hora de formar mayorías parlamentarias.

De aquí para abajo, poco puede decirse, con el debido respeto a los partidos del grupo mixto y sus electores. Tendrían que ir realmente ajustadas las cosas, para que algún solitario voto decantara la balanza. Es más, algunos que se presentan como salvadores de la patria en peligro (tipo Basta Ya y Rosa Díez) andan echando cuentas de los votos que necesitan y dudan si merece la pena presentarse donde tienen claro que no van a llegar.

El horno no está para demasiados bollos para nadie. Pero ni siquiera la incertidumbre relativa del resultado parece que vaya a hacer vibrar a los electores. Históricamente, las elecciones generales son las que registran la menor abstención. En marzo, comprobaremos si el huracán abstencionista de las últimas convocatorias locales y catalanas, y de los referendos, continúa extendiéndose o da un mínimo respiro. Los presagios, a seis o siete meses vista, no son para tirar cohetes.